CREPÚSCULO MATEMÁTICO (4)

Capítulo Cuarto

En un lugar de la Subbética, de cuyo nombre ahora daré cuenta, no ha mucho que existía un Instituto que con el tiempo fue derruido para volver a ser edificado nuevamente, como ave Fénix que resurge de sus cenizas. El Instituto de Educación Secundaria (IES) Carmen Pantión, de Priego de Córdoba no destacaba, precisamente, por tener un edificio imponente, sino más bien por tener imponentes grietas, admirables ventanas oxidadas, sorprendentes suelos que se alzaban sin previo aviso en época de lluvias, y un impredecible sistema eléctrico que lo mismo saltaba para dejar sin luz las aulas y los ordenadores como daba algún susto a los traviesos alumnos que intentaban jugar con él. A pesar de todo, los profesores y alumnos luchaban día a día para colaborar en la educación y la difusión de los conocimientos universales, y todo aquél que ingresaba en el Instituto afirmaba después convencido, que era falsa la mala fama que circulaba sobre él entre las gentes de la ciudad.
Un día de esos cercanos ya a la primavera, a segunda hora, con la calefacción todavía puesta y los jerséis encasquetados, los alumnos de 3º de la ESO (Educación Secundaria Obligatoria) escuchaban o parecían hacerlo al profesor de matemáticas, el señor Espoz, en su explicación sobre las diferentes sucesiones y progresiones. De repente, su perorata se vio interrumpida por el grito de una alumna, cuyo sonido sobresaltó a todos sus compañeros, se atrevió a salir por las ventanas semiabiertas y asustó a unas cuantas palomas posadas en las tapias. El profesor no le habría dado más importancia a la interrupción, acostumbrado como estaba a escuchar todo tipo de exclamaciones intempestivas, pero al observar la cara de espanto de la chica no pudo menos que parar y preguntarle:
-Moli, ¿qué te ha ocurrido?
-Profesor, el libro de matemáticas, ¡me ha mordido! –dijo ella, y en apenas un instante el asombro que antes se había visto en los rostros de todos los demás alumnos dio paso a un torrente de estruendosas risas que se extendió durante casi un minuto por toda la clase.
Cuando el alboroto se fue calmando, el profesor Espoz abandonó su posición al lado de la gastada pizarra y se acercó hasta el pupitre de la alumna.
-¿Cómo es eso que te ha mordido? ¿Qué tonterías estás diciendo?
-Se lo juro, de verdad, he ido a abrirlo y se me ha vuelto a cerrar y me ha dado un mordisco. ¡Mire mi mano, si no me cree!
Nuevas risas. Algunos alumnos se levantaron de sus asientos. Moli le enseñó la mano al profesor.
-Pues sí que tienes unas marcas de dientes –dijo tras observar las señales enrojecidas que se extendían en semicírculo por la palma y el dorso de la mano derecha.
-¿Ve como no es mentira lo que digo?
-¿Y ha sido al abrir el libro?
-Sí, por la página que usted nos ha dicho, la que habla sobre Fibonacci.
El profesor se disponía a abrir el sospechoso libro, que permanecía cerrado sobre la mesa de Moli, cuando una exclamación del alumno que se sentaba detrás le interrumpió de nuevo.
-Profesor, ¡mire!
-¿Qué sucede, Nete?
-Es la foto de Fibonacci de mi libro, ¡ha cambiado, no es la misma!
El profesor Espoz, junto con otros alumnos que ya se habían atrevido a acercarse hasta la mesa de Moli y de Nete, se fijó en la página que éste último señalaba con dedo tembloroso.
-Es verdad. Éste no es Fibonacci.
-Y en el resto del libro aparece el mismo tipo. ¡Todas las fotos han cambiado, y en todas se ve este retrato! –dijo Nete, y aunque él era tranquilo de por sí, en su tono de voz se traslucía cierto nerviosismo.
Allí, en el margen del libro, en blanco y negro como si hubiera sido tomada en una época antigua, destacaba una foto de fuertes contrastes en la que se veía, sonriente, un personaje de cabeza oblonga y un poco calva, nariz larga y aguileña, ojeras profundas bajo unos ojos malignos de estrechas pupilas, puntiagudas orejas, y una sonrisa amplia interrumpida en ambos extremos por dos afilados colmillos que asomaban entre los labios.
Debajo, con las letras elegantes y nítidas de la edición, destacaba un nombre curioso: Conde Anacardo Von Redonden.
El profesor tomó el libro de Nete y fue pasando sus páginas. Pudo comprobar con estupefacción que allí donde antes había estado el retrato de algunos matemáticos, ahora se repetía la misma foto. Tocó el papel, observó la calidad de la impresión. Por un momento pasó por su mente que aquello podía ser una broma muy elaborada, pero aunque lo fuera no tenía ningún sentido.
Regresó al pupitre de Moli y tomó el libro de ésta. Permanecía cerrado, y el profesor lo intentó abrir, pero las páginas no cedieron, como si estuvieran pegadas entre sí con una cola muy fuerte.
En ese momento sonó la sirena del final de la clase. Al contrario de lo que sucedía siempre que sonaba, nadie se movió, todos permanecieron alrededor de Moli y de Nete, y fue el propio profesor el que tuvo que decirles que recogieran, porque tenían que ir al aula de informática. Moli y Nete cedieron sus sospechosos libros al profesor Espoz, que los metió en su cartera, y después de que éste les pidiera que le mantuvieran al tanto sobre cualquier novedad, salieron los últimos del aula, mientras el delegado de la clase cerraba con llave la puerta.
Espoz se dirigió a la Conserjería para hacer unas fotocopias de un próximo examen, con la mente ocupada en tratar de hallar una explicación lógica a lo que había pasado, y allí, mientras la Conserje manejaba la máquina fotocopiadora, miró distraídamente a los periódicos que acababan de llegar, y se llevó un sobresalto al ver la misma foto que aparecía en el libro de Nete sobresaliendo en una pequeña columna de la primera página del CÓRDOBA NEWS. Bajo la foto un titular: “SUCESOS EXTRAÑOS EN EL MUNDO DE LAS MATEMÁTICAS”, y bajo el mismo, el comienzo de un artículo: “Un individuo enigmático perpetra ataques a todo lo relacionado con los números…” El artículo continuaba en la página 19, y allí se decía algo así como “Desde hace varios días se están sucediendo las informaciones sobre extraños sucesos que acontecen en el mundo de las matemáticas. Numerosas fuentes, entre las que destacan importantes figuras universitarias, afirman haber sido atacadas de muy diversas maneras por un individuo enigmático que se llama a sí mismo Conde Von Redonden. Asaltos nocturnos, secuestros, abordamientos con cierto grado de violencia, es el método empleado por este individuo que actúa a veces solo, otras acompañado por compañeros encapuchados. Se desconoce el paradero de dicho sujeto, y no se descarta de momento ninguna posibilidad…”
Con el periódico en la mano salió de la pequeña habitación en busca de Moli y Nete para comentarles lo que había descubierto.
Los muchachos se encontraban en el pasillo, sin poder llegar todavía al aula de informática, asediados por una multitud creciente de alumnos que se contaban entre sí lo que acababa de suceder en clase e insistían en que les mostraran los libros implicados. Moli y Nete repetían una y otra vez que los libros ya no estaban en su poder, sino que los tenía su tutor. Tuvo que aparecer la Directora y disolver aquella aglomeración que impedía el tránsito en el pasillo para que por fin los dejaran un poco en paz. Espoz, que llegaba en ese momento, les dijo a los dos jóvenes que le acompañaran a la Sala de Profesores.
Cuando llegaron, les enseñó el artículo periodístico, que ambos leyeron con asombro, sin saber qué decir, y Espoz les mostró de nuevo sus libros. Aparentaban ser inofensivos, unos textos como otros cualquiera de los que los alumnos tenían. El profesor les preguntó si existía la posibilidad de que alguien se los hubiera cambiado, y ellos lo negaron, aunque sin demasiada convicción.
Externamente, los libros parecían exactamente los mismos que Moli y Nete tenían desde siempre. Desgastados y un poco estropeados en las esquinas, forrados en plástico transparente, el de Moli seguía sin poder abrirse, y cuando el profesor abrió el de Nete pudo ver en la primera página la etiqueta y el sello del Instituto. Hojeándolo, volvió a comprobar la extraña presencia de la foto del Conde, como si siempre hubiera estado allí, como si así hubiera salido de la editorial.
-Realmente, jamás me había enfrentado a una situación tan extraña -dijo Espoz-. Pero lo que ahora más me preocupa es vuestra seguridad. El periódico afirma que se están produciendo ataques relacionados con las matemáticas, y tengo la convicción de que esos ataques no se van a reducir a un libro que muerde y a otro libro cuyas fotografías son saboteadas.
-Profesor, ¿usted cree que corremos peligro? -preguntó Moli.
-No lo sé. Pero en cualquier caso debéis tomar precauciones. Voy a comunicar al Jefe de Estudios y a la Directora lo que os ha sucedido. Es importante que estemos todos muy atentos a cualquier hecho anómalo que se pueda dar, otros objetos que cambian, por ejemplo, pero sobre todo hay que fijarse si hay alguna persona fuera de lugar, alguien extraño rondando por el Instituto, afuera, a la entrada o a la salida de las clases, y si es así tenéis que comunicármelo inmediatamente.
Los dos alumnos asintieron a las palabras de su profesor y después de despedirse regresaron a sus clases.
Espoz se dirigió a la Jefatura para hablar con el Jefe de Estudios. La puerta de su despacho estaba cerrada, y cuando el profesor de matemáticas tocó con los nudillos, una voz desde dentro le indicó que pasara.
El despacho del Jefe de Estudios había ido cambiando lentamente de decoración en las últimas semanas. El profesor Espoz no había tenido la oportunidad de fijarse en aquellos cambios, pero cuando entró en él, el ambiente le dio una sensación peculiar, y sintió cierta inquietud. También era posible que todo aquel asunto de los libros y del periódico estuviera excitando su sistema nervioso. Tuvo apenas un momento para notar el estado en que se encontraba, pues al momento el Jefe de Estudios lo invitó a ocupar un asiento, y cuando Espoz se acomodó, se fijó en el joven que estaba ya en el despacho, sentado a su lado.
-Precisamente quería hablar con usted –dijo el Jefe de Estudios-. Han llegado cuatro alumnos nuevos al Instituto. Proceden de un intercambio organizado por la Unión Europea. Durante un mes van a compartir clases con los demás compañeros. Este muchacho que tenemos aquí se incluirá en la clase de la que es usted tutor.
Espoz miró al joven con perplejidad. Era un muchacho moreno, alto y delgado, quemado por el sol, de facciones regulares y nariz recta, y que a pesar de su aspecto agradable tenía un aire tristón y ausente, y contemplaba todo con cierta indiferencia.
-Su origen es griego, y se llama algo así como Anastasio Trapeces –siguió diciendo el Jefe de Estudios-. No habla mucho español, aunque está haciendo progresos rápidos.
El Jefe de Estudios se detuvo unos momentos revisando la documentación que disponía, y el profesor Espoz pudo fijarse más detenidamente en la nueva decoración del despacho. Predominaba el color negro y el gris oscuro, y en las paredes los pósteres clásicos del entorno de la Subbética junto con los almanaques regalados por la Delegación de Educación habían sido sustituidos por cuadros que aunque parecían elegantes, contribuían a deprimir el ambiente: tormentas marinas, grabados de Goya, y un par de retratos de personas en claroscuros. También había un pájaro disecado semejante a un cuervo en una esquina de la habitación, y varias estatuillas de brujas de esas que venden en las tiendas de los chinos.
El propio Jefe de Estudios llevaba un traje negro, y el joven Anastasio también se vestía del mismo color, con una camiseta ajustada y unos vaqueros que parecían recién comprados. El profesor de matemáticas empezó a sentirse fuera de lugar, y poco a poco una sensación de amenaza empezó a crecer en su estómago.
-Aquí tiene algunos datos de Anastasio –dijo el Jefe de Estudios acercándole al profesor Espoz unos folios.
Espoz los tomó con interés, y leyó los datos personales del muchacho. Se llevó una desagradable sorpresa cuando vio que en el apartado de Tutor Legal aparecía un nombre que ya empezaba a sonarle demasiado aquella mañana: Anacardo Von Redonden.
-¿Conoce usted al tutor de este joven? –preguntó Espoz con cautela.
-Sí, he tenido la oportunidad de entrevistarme con él –respondió el Jefe de Estudios.
-Precisamente he venido para hablarle de algo relacionado con todo esto –siguió diciendo el profesor, mientras abría el libro de Nete y lo ponía encima de la mesa del despacho junto al ejemplar del periódico-. ¿El tutor es éste que aparece aquí en la foto? –preguntó señalando una de las extrañas imágenes cambiadas del libro de texto.
El Jefe de Estudios miró el libro y luego se quedó unos momentos observando en silencio el rostro de Espoz. Éste notó en sus ojos la amenaza cada vez más cercana. Pero no tuvo tiempo de reaccionar.
-Anastasio, por favor, cierra la puerta –dijo el Jefe de Estudios, y el muchacho se levantó y obedeció.
En ese momento, por el pasillo caminaba la profesora de Educación Física. No vio nada ni tampoco escuchó nada de lo que sucedía en el despacho, pero el sonido de la puerta al cerrarse la sobresaltó, se paró unos momentos sin saber qué era lo que la hacía detenerse, y luego, impulsada por un temor irracional, apretó el paso y se alejó rápidamente de la Jefatura de Estudios.

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