CREPÚSCULO MATEMÁTICO (5)

Capítulo Quinto
Moli y Nete estaban preocupados. No con esa preocupación llena de pensamientos insistentes y proyectos de éxito improbable con la que solemos enredarnos los adultos, sino con esa inquietud permanente, ese peso emotivo que aprisiona el ánimo y llena el futuro de sombras oscuras e impenetrables, que algunas veces soportan los adolescentes.
Después del incidente de los libros regresaron a sus clases normales, pero eran el blanco de la expectación de sus compañeros. Entre clase y clase se reunieron en torno a ellos para preguntarles una y otra vez por el suceso. La mano mordida de Moli fue mirada y tocada muchas veces aquella mañana, hasta que la chica decidió metérsela en el bolsillo del pantalón y no volver a mostrarla a pesar de los insistentes ruegos. Durante el recreo, Moli y Nete se sentaron juntos en un rincón del patio, y permanecieron callados, rodeados de un nutrido grupo que no hacía más que aumentar en número y charlar del tema. Ante el silencio agobiado de los dos, Antolón, un muchacho rubio, alto y un poco gordo, de verborrea incansable, empezó a acaparar las conversaciones como si alguien le hubiera nombrado portavoz oficial, y describía con detalle a todo el que llegaba lo que había pasado en clase, aventurando de paso numerosas hipótesis y adornando el suceso con muchos matices exagerados que se apresuraron a correr de boca en boca por todo el instituto.
Moli aprovechó un momento de distracción para desaparecer en compañía de su mejor amiga, una muchacha bajita y delgada como ella, a la que llamaban Dori. Ambas se complementaban muy bien, pues aunque eran de un carácter parecido y un poco tímidas cuando estaban en grupo, Moli tenía la responsabilidad en los estudios que a Dori le faltaba, y ésta poseía ese grado de despreocupación e imaginación ensoñadora que su amiga buscaba cuando se veía abrumada por numerosos pensamientos conflictivos. La apariencia externa de Moli era la de una joven nerviosa y excesivamente preocupada a veces, mientras que Dori exhalaba tranquilidad e indiferencia por todos sus poros, y una especie de envoltura de felicidad serena y lejana que impedía a los que la trataban averiguar qué es lo que pensaba en cada momento.
Nete, el primo de Moli, se quedó por tanto solo en el patio del instituto, y pronto se vio medio aislado en una esquina del grupo de compañeros, una pandilla heterogénea y un poco bestia de muchachos gritones como Antolón, en la que Nete, callado aquel día, hacía de elemento discordante.
A lo largo de la cuarta hora, durante la clase de Ciencias Naturales, el alboroto fue calmándose, y en la quinta hora, cuando empezaba la clase de Inglés, un nuevo suceso contribuyó a que el asunto de los libros de matemáticas comenzara a pasar a segundo plano. El Jefe de Estudios pidió permiso a la profesora de Inglés para entrar en clase, y lo hizo acompañado de un muchacho alto y moreno, de mirada melancólica, vestido de negro, que presentó a todos como Anastasio Trapeces, el nuevo compañero de clase procedente de un intercambio de estudiantes griegos. El joven se sentó en primera fila, al lado de Magda, una muchacha rellenita y un poco acomplejada que ante la cercanía de aquel chico no pudo menos que ruborizarse intensamente. En efecto, la aparición de Anastasio creó un silencioso revuelo entre todas las alumnas de la clase, que se apresuraron a comentar entre susurros lo guapo que era, los ojos que tenía, lo elegante de su porte y manera de vestir, y otros detalles que aquí no mencionaremos.
El Jefe de Estudios insistió a la clase para que le dieran una cálida acogida y advirtió que el muchacho estaba todavía aprendiendo español, aunque progresaba rápidamente. Dicho esto se fue y dejó que la clase de Inglés continuara con toda la normalidad que era posible en aquellos momentos.
La sexta hora correspondía a la Tutoría, y cuando todos esperaban la aparición de su tutor, el profesor Espoz, se encontraron en su lugar a una profesora de guardia, que les informó que el profesor Espoz se había sentido indispuesto a lo largo de la mañana y se había tenido que marchar. Les pidió a los alumnos que aprovecharan la hora para estudiar y hacer las tareas pendientes, y su petición fue obedecida a medias. No pasaron más de cinco minutos cuando Anastasio se levantó de su mesa y le preguntó a la profesora con un español titubeante si se podía cambiar de sitio, a lo que la profesora de guardia accedió, y ante la mirada atenta de la clase, que no se perdía ni un solo movimiento del nuevo alumno, se dirigió hasta el asiento al lado de Moli, que también estaba vacío, y le pidió permiso a la joven para ocuparlo, cosa que ésta le concedió.
-¿Qué estudias? –preguntó Anastasio, y al decirlo no se le notaba ningún acento extranjero.
-Estoy haciendo las tareas de matemáticas –dijo Moli, que tenía delante el cuaderno de matemáticas, la calculadora y un libro prestado.
Anastasio abrió su cuaderno, totalmente en blanco, a estrenar, y empezó a copiar los ejercicios que venían en el libro. Escribía lentamente, y sus dedos agarraban el bolígrafo como si fuera la primera vez que lo hacían. Su letra imitaba la forma de las letras impresas en el libro. El enunciado del ejercicio que estaba copiando decía algo así: “En un huerto los almendros se han plantado siguiendo una forma ligeramente triangular. En la primera fila hay seis almendros plantados, en la segunda fila hay ocho almendros, en la tercera diez y así sucesivamente. En total hay veintisiete filas de almendros. ¿Cuántos almendros hay en la fila veintisiete? ¿Cuántos almendros hay en todo el huerto?”
Anastasio terminó de copiar el ejercicio en su cuaderno, y se quedó mirando a Moli mientras ésta tecleaba la calculadora.
-¿Puedo preguntar algo? –dijo el joven griego.
-Sí, dime.
-¿Qué es “almendros”?
-Un almendro es un árbol.
-¿Qué significa el problema? –preguntó señalando el enunciado.
-Significa que se van plantando los árboles así –y Moli dibujó seis círculos con un palito debajo de cada uno, como si fueran arbolitos en línea, y debajo hizo otros ocho arbolitos, y debajo otros diez. Anastasio asintió comprendiendo-. Vas haciendo filas hasta veintisiete, y te pregunta cuántos hay en la última fila y cuántos habrá en total.
-Es muy fácil. En la última fila hay cincuenta y ocho, y en total hay ochocientos sesenta y cuatro –contestó Anastasio.
-¿Ya lo has calculado? ¿Has aplicado las fórmulas de las progresiones aritméticas?
-No te entiendo bien.
-Digo que cómo lo has hecho.
-Los he contado.
Y con esta escueta respuesta Anastasio escribió en su cuaderno los dos números, en cifras grandes y destacadas debajo de los renglones del enunciado, y al lado de las dos cifras delineó unos símbolos con mucho cuidado y claridad. Cuando Moli los observó le parecieron dos pequeñas calaveras negras.
Moli continuó haciendo sus ejercicios. Precisamente estaba terminando el de los almendros, y aplicando las fórmulas del término general y de la suma de una progresión aritmética pudo comprobar que los dos resultados que Anastasio había escrito eran correctos, o por lo menos que coincidían con los que ella había obtenido. Continuó con los siguientes problemas, pero era evidente que su atención no estaba concentrada en las tareas, sino dividida en variados pensamientos sobre todo lo que estaba ocurriendo aquel día. Le dolía la mano del famoso y extraño mordisco, y la cercanía de aquel muchacho griego de mirada lánguida y perdida resultaba poco menos que inquietante. Observó su mano y notó que la atención de Anastasio también estaba dirigida al mismo punto.
-¿Puedo ver? –preguntó él.
La muchacha no supo que contestar, y ante su silencio Anastasio tomó su mano con soltura y confianza, como el que observa un objeto resistente que no teme que se parta ni se estropee, y dándole la vuelta varias veces estudió las señales de los dientes, catorce puntos rojizos en una hilera curvada perfecta.
-No hay sangre. Tienes suerte –dijo, y parecía que en su afirmación había un significado desconocido, como si supiera de qué estaba hablando, como si todo aquello fuera familiar para él.
Reaccionando como si despertara de un sueño, Moli retiró la mano y volvió a esconderla. Cada uno se enfrascó en sus tareas, y guardaron silencio durante un buen rato, más de la mitad de la clase. De vez en vez, Moli miraba disimuladamente el cuaderno de Anastasio, comprobando como el muchacho delineaba con perfección las letras de las palabras, en un estilo claro, limpio, copiando los enunciados de los ejercicios sistemáticamente, y luego, sin ninguna cuenta, sin ayuda de la calculadora, iba anotando directamente los resultados debajo, como si los supiera de memoria. Y al lado de cada número se entretenía en dibujar aquellos simbolitos de aspecto tétrico.
“Está claro que le gusta lo gótico” pensaba Moli, “como a mi prima la Sole. Por eso va vestido todo de negro, escribe con boli negro y dibuja calaveras. Pero es increíble cómo resuelve los ejercicios, todos mentalmente. En Grecia deben tener un nivel de matemáticas alucinante, o bien el muchacho es un crack con las cuentas.”
No se dio cuenta de que se había quedado embobada más de cinco minutos viendo cómo Anastasio escribía metódicamente, ni tampoco reaccionó cuando el chico la miró estudiando su cara. Por eso se llevó un sobresalto al escuchar su voz en un susurro cercano.
-Oye.
-Sí.
-No conozco Priego. ¿Quieres enseñármelo?
-Bueno. ¿Cuándo?
-Esta tarde. A las nueve.
-Eso es muy tarde para mi. Mis padres no me dejan salir entre semana a esas horas.
-¿A las ocho?
-Mejor a las siete. A las ocho es ya casi de noche, y como mucho puedo estar en la calle hasta las ocho y media.
-¿Dónde quedamos?
-¿Aquí en la puerta del Instituto?
-Vale, a las siete en la puerta del Instituto.
Por una extraña sincronía, la sirena del final de la clase sonó en ese preciso momento. Anastasio guardó rápidamente sus cosas en una especie de cartera anticuada y se marchó sin prestar atención a las miradas interesadas de los alumnos. Moli también era el centro de interés, pero tampoco quiso hacer caso a sus compañeros. Esperó simplemente a que su amiga Dori recogiera y seguidas por Nete salieron del aula de la forma más rápida y discreta posible.

[Aquí termina la muestra del relato Crepúsculo Matemático, que consta en total de 24 capítulos. Durante varios meses, los 24 capítulos han estado presentes en el blog, pero hemos decidido retirarlos de momento, pues estamos preparando una edición en papel, que saldrá muy pronto. En el futuro, además de poder comprarse el libro en papel, puede que se prepare una edición electrónica que será posible descargarse. Gracias por el interés]

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